El director de orquesta en la era de las grabaciones (siglos XIX-XX)

En la segunda mitad del XVIII, normalmente un instrumento de tecla se siguió utilizando como bajo continuo y se dirigía la orquesta desde el propio fortepiano. A finales de ese siglo, la dirección pasó del teclista al violinista principal (el concertino), de ahí la importancia que tiene hoy en día, aunque sea simbólica. El teclista desapareció progresivamente y su aparición dentro de la orquesta se convirtió en algo esporádico u honorífico (por ejemplo cuando Haydn estrenó sus sinfonías en Londres, a pesar de que no era habitual, dirigió desde el piano).

Avanzado el siglo XIX, en paralelo a la creación de sociedades de conciertos en París, Viena, Londres o Leipzig, se produjo una ruptura drástica con el continuo y empezaron a surgir los directores de orquesta tal y como los conocemos hoy en día, a través de nombres como Sir Michael Costa, Charles Lamoureux, Carl Reinecke o Henry Wood. Estos fueron la generación precedente de los que podemos considerar como los primeros directores de orquesta en el sentido moderno del término: Hans von Bülow, Hans Richter, Gustav Mahler, Arthur Nikischi y Felix Weingartner. Todos ellos van a compartir el concepto del arte romántico como expresión y van a tener una interpretación muy deudora del romanticismo.

Pero, ¿por qué se hizo necesario la aparición del director de orquesta?

  • Creciente complejidad de las partituras.
  • Aumento considerable de los efectivos técnicos de las orquestas. A finales del XIX la gran mayoría de los músicos son ya profesionales y, por tanto, no les hacía gracia estar dirigidos por un director amateur o un músico que hacía sus funciones. Se requería la presencia de una figura profesional que ayudase a unificar las diferentes visiones de estos músicos.

Las escuelas interpretativas se mantuvieron bastante estables hasta la Segunda Guerra Mundial, y con niveles muy diversos dependiendo del país. Hasta los años 30, el nivel de las orquestas inglesas, por ejemplo, fue sumamente bajo debido al sistema sustitutorio por el cual el músico buscaba a quien quería para que le sustituyese. Este sistema fue corregido por dos directores, hoy considerados como los grandes del siglo XX: Sir Adrian Boult y Sir Thomas Beechan, fundador en 1932 de la London Philarmonic y en 1946 de la Royal Philarmonic. Este sistema también estaba en Francia, y en París fue Pierre Monteux en 1908 quien lo corrigió, aunque las orquestas siguieron siendo bastante flojas hasta la Segunda Guerra Mundial.

Las mejores orquestas estaban, por supuesto, en Centroeuropa, lideradas por los grandes directores del momento: Willem Miengelberg (Concertgebouw), Wilhelm Furtwängler (Berliner Philarmoniker), Bruno Walter, Otto Klemper, Carl Schuricht, Hans Knapperbusch y Karl Böhn, principalmente.

Todos ellos se caracterizaron por su estilo romántico: grandes fluctuaciones del tempo dentro de un pasaje musical según la tensión o relajación (llegando a romper el ritmo regular para destacar determinadas partes de las obra); frecuentes rubati, gran contraste entre movimientos de diferente tempo, presencia todavía habitual de portamenti en la cuerda y una particular atención a la expresividad y el dramatismo.

Tras esta tendencia romántica vino una más precisa, más anti-romántica, con directores como Arturo Toscanini o Serge Koussevitzky.

Los directores con esta nueva visión fueron bastante dictatoriales y dieron menos libertad a los músicos. Disminuye la solemnidad y la opulencia de la obra y se tiende a los tempi rápidos y constantes. Antes eran frecuentes las modificaciones de la obra por el director, pero ahora se da mayor importancia a la precisión y a los detalles de la partitura. Durante los años 50 en EE.UU., también predominó la objetividad en la interpretación, a través de Fruitz Reinor (Chicago), Leopold Stokowski (Filadelfia) y George Szell (Cleveland), quienes se caracterizaron por interpretaciones muy enérgicas, brillantes, con maderas francesas y énfasis en el viento metal.

Durante los años 50 y 60 fallecen algunos de los directores más importantes de la generación anterior (Toscanini, Walter, Furtwangler…) y aparecen directores con nuevas ideas sobre el ensayo y la grabación. Surge un nuevo Star System en el mundo de los directores. Representantes de la nueva generación: Herbert von Karajan, Georg Solti y Leonard Bernstein.

Karajan comienza en los 50 a grabar y a adquirir fama, compaginando la imagen de trabajador serio con la de estrella mediática y glamurosa. Creó un sonido propio: muy compacto, oscuro en parte, conforme al ideal germano, con maderas oscuras. En los metales, las trompetas tienen menos protagonismo, dándole más presencia a trombones y trompas. Tiene mucho empuje la cuerda grave (chelos y contrabajos) y se preocupa mucho por el balance. Hoy se sabe que hizo retoques a algunas partituras para conseguir este sonido. Para Karajan era muy importante la grabación, ya que era algo que llegaba a una inmensa cantidad de gente. Hubo directores que reaccionaron contra el disco, siendo los más representativos Sergio Celibidache (Filarmónica de Munich) y Carlos Kleiber. Estos daban pocos conciertos y no grababan prácticamente, lo que suponía un gasto importante para las orquestas que contaban con ellos.

Desde los 50, el sonido de las orquestas se hace más homogéneo. Aún así, hubo regiones que mantuvieron su sonido, como la URSS, la Filarmónica de Leningrado dirigida por Yergeni Mravinsky (de 1938 a 1988), que conservó el “sonido ruso”: intensidad, colores, sonido percusivo y brillante. 


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